Mercedes Yanke Uribe - 19-01-2006 10:35:24 | Categoria: Relatos de alumn@s
Redacción de Pablo Fernández, alumno de 1º de Bachiller del IES Julio Caro Baroja de Getxo (Vizcaya), narrando su visita a un observatorio espacial.Aunque aquel día fuera diferente a los demás, nadie nos hubiese podido decir que aquella excursión nos iba a llevar a hacer descubrimientos tan increíbles...
Cuando llegamos, hacia las 7:30 de la tarde (para ese entonces ya era de noche; dada la época del año en la que estábamos), pudimos identificar el edificio sin dificultad. Era una enorme cúpula que se abría y cerraba para dejar salir así al gigantesco telescopio, gracias al cual podían vislumbrarse los rincones más misteriosos del cielo infinito. Siendo desde niño mi principal afición la del espacio, podeís imaginar cual era mi impaciencia por entrar.
Una cola de turistas esperaban ansiosos la apertura del observatorio, como esperando que les abriese paso a una nueva dimensión... Tuvimos que esperar treinta minutos más o menos para poder entrar, y cuando la cola se hacía más pequeña, te ibas sintiendo más cercano al cielo, mientras veías cómo la gente salía con cara de asombro, y cómo algunos de ellos explicaban a sus acompañantes la razón de que las estrellas emitiesen luz o cuál era su composición, como intentando impresionarles, sin en realidad tener el mínimo conocimiento de lo que estaban diciendo.
Nada más entrar en el edificio, un guía se paró delante de nosotros. Era un tipo delgado y pequeño, con unas gafas que le daban un curioso aire de erudito. Al igual que el resto del personal del edificio, llevaba una tarjeta colgada de la camisa dónde podía leerse: "Alberto García, experto astrónomo". Junto al texto había una foto de él, dónde aparecía con una sonrisa forzada, que daba al traste con toda su apariencia intelectual.
-Las siguientes diez personas pueden pasar. Síganme por favor.
Fuímos adentrándonos poco a poco en las entrañas del edificio, a través de pasillos con muchas puertas a los lados; algunas de ellas tenían ventanillas por las que se podía ver cómo trabajaban científicos en ordenadores y con artilugios de todo tipo. En una de estas puertas, pude ver como una mujer miraba a través de un telescopio, de mucho menor tamaño que al que nos conducían - o eso esperaba yo al menos - y un hombre a su lado tomaba nota de lo que le iba dictando. Al final de un pasillo, nuestro guía se paró, se volvió hacia nosotros evitando que viésemos lo que había tras de él, y haciéndose el interesante con una leve sonrisa, como sintiendo que iba a mostrarnos algo tan grande que ni siquiera podíamos comprender, anunció, mientras salía del pasillo hasta dejarnos una visibilidad completa de la sala.
-Les presento a Haley, uno de los tres telescopios más potentes de nuestro continente.
Ante nosotros se alzaba un monstruo metálico de unos 20 o 30 metros, una especie de catalejo de unas dimensiones descomunales. A los lados de la sala había tres pantallas dónde se mostraba en todo momento lo que podía observarse a través de Haley. La gente se fué repartiendo en sillas delante de las pantallas, mientras los dos amigos que me acompañaban y yo nos dirigíamos a paso ligero hacia el telescopio.
Me dejaron pasar y fui el primero en asomarme al espacio a través de esa ventana.
Aquello era maravilloso, abrumaba su belleza y sus dimensiones, te hacían sentir completamente insignificante. Un enorme mar de luces se podía ver dónde a ojo desnudo no veías más que oscuridad. Era tal la impresión, que en ocasiones daban ganas de salir a la calle para ver si realmente las estrellas y la luna seguían como antes o se habían acercado a la Ierra. ¿Cuántas habría? ¿Podría ser cierto todo aquello?
De repente, distinguí un punto que descendía rápidamente, dando una luz intermitente anaranjada. Preso de la curiosidad, me dirigí dónde el tal Alberto:
- Disculpe.
- Díme chaval.
- He visto una luz intermitente y no alcanzo a saber lo que es, ¿le importaría ayudarme?
- Claro - dijo mientras se dirigía hacia el telescopio - Dime, ¿dónde está?
- Cuando la he visto estaba descendiendo lentamente cerca de la cola de la Osa Menor.
No sé que pasaría por la cabeza del astrónomo, pero su rostro, que antes parecía simpático y amistoso, tomó un carácter serio. Se levantó de un sobresalto, y, con un gesto incrédulo, golpeó suavemente en el hombro a su ayudante a la vez que le señalaba el visor del telescopio con la otra mano.
Tras unos segundos, el ayudante se dirigió al ordenador. Desonozco lo que hizo entonces, sólo sé que luego se dirigió corriendo al jefe del personal de seguridad, intercambió unas palabras con él y empezaron a echarnos del observatorio.
Al salir a la calle, el desconcierto era enorme, la gente se quejaba y pedía explicaciones, mientras los policías obligaban a los visitantes a subirse a los autobuses.
No podía imaginar lo que se nos venía encima. Una luz tenue que iba aumentando en intensidad nos alumbraba poco a poco, y la temperatura estaba incrementando más y más. Miré hacia arriba. Era demasiado tarde.
Anotación por Mercedes Yanke Uribe a las 10:35:24
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